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domingo, 17 de marzo de 2013

Levadura.

Ella era una mujer como decimos por acá "hecha y derecha" pero que por algún motivo que ella misma me explicó unas 100 veces pero que nunca logre entender del todo pesaba unos 200 o 250 gramos. Cuando salíamos, a veces alguna corriente de viento soplaba con mucha fuerza y entonces se aferraba al brazo que le ofrecía con tanta fuerza que sentía con cierto gozo el como me cortaba la circulación.

Siempre vestía simple pero con cierta extraña elegancia, casi siempre con sandalias, vestidos casi siempre con flores en colores opacos y nunca le vi mas adorno que una pulsera de perlas perfectamente blancas probablemente de fantasía en la muñeca izquierda. Me gustaban sus orejas, ella tenia unas orejas preciosas, no me atrevo a describirlas, siento que no podría hacerle justicia.
A veces me miraba con esos ojos suyos que eran como un manantial de agua imperturbable al fondo de una caverna desconocida y me recitaba con su vocecilla versos que ella misma se inventaba al hilo algunos mas malos que buenos debo reconocer, pero, cuando decía alguno especialmente malo simplemente arrugaba la nariz y entonces ambos nos a reíamos, tengo la sensación de que aunque ella compartía mi risa aquello la heria de cierta manera y nunca debí haberme dejado llevar por ese gesto, sin embargo aquellos momentos me hacían profundamente feliz y tengo la sensación de que ella a pesar de esa leve herida en el orgullo también lo era.

Aquellos eran días verdes como esmeraldas con destellos amarillos y azules de un millón de zafiros, cuando caminábamos por la ciudad ella se aferraba a mi y mi movilidad se reducía y me hacia feliz el sentir el calor de ese cuerpo de 200 o 250 gramos ligero como podría serlo un cuadernos donde hubiese apuntado mis pensamiento.

Y entonces un día, dejo de decirme versos, al salir a la calle ya no se aferraba mas a mi sino que se conformaba con tomar la punta de mi camisa a pesar de aquello permitía que el viento la amenazase con levantarla y llevarsela muy lejos.
Pasamos unas semanas de esa forma, hasta que un día, volvió a tomarme del brazo muy para mi sorpresa, me voltee a mirarla y me encontré de nuevo con esos ojos como manantiales tranquilos en el interior de una caverna, me sonrío y se soltó de pronto desapareciendo junto con la brisa.
No volví a verla de nuevo y se terminaron los días verdes amarillos y azules.

A veces después de la jornada sacudo la harina de mis manos y me detengo a contemplar hacia donde cae o se eleva esta en el viento solamente por que si, no abrigo ninguna esperanza de verla de nuevo así como nunca abrigue esperanza alguna de encontrarla en primer lugar, quizás así sea lo mejor. Mientras tanto, abro la puerta del horno y extraigo una bandeja repleta de pan.

1 Voces en mi Cabeza:

kevin Jaureguy dijo...

¡Un colega panadero!