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domingo, 15 de diciembre de 2013

Mapa sin fin de un viaje [parte 1]

Estábamos los dos echados sobre la alfombra café como un reloj que marcase las 12:30 con nuestras cabezas juntas. Habíamos apagado las luces pero las farolas de la calle alumbraban la sala; yo vestía unos jeans azules y ella usaba mi camisa de cuadros roja; su maldita cuasi-desnudez resultaba mas atrayente que la desnudez total pero ya habíamos pasado por la etapa del deseo y ahora simplemente yacíamos ahí mirando las grietas del techo que no tenia ninguna prisa por romperse de una condenada vez y caernos encima.
De la habitación contigua, donde estaba encerrada la compañera con la que compartía la casa salia música a alto volumen; melodías convertidas en mero ruido de fondo sin que ninguno de los dos le prestase atención alguna.
-¿Recuerdas aquel cuadro?. -Preguntó señalando con el dedo un cuadro enmarcado colgado en la pared opuesta a la que yo tenia delante. Le eche una ojeada sin cambiar demasiado mi posición y lo reconocí al instante; era un cuadro que ella había tenido consigo desde antes de iniciar la universidad, aunque nunca lo había visto colgado ni mucho menos enmarcado.
-Es la pintura que llevabas enrollada en tu tubo telescópíco, "El puente de espuma". - Dije tras hacer memoria.
-No, no, mírala bien. - Me ordeno ella.
Me senté mirando a la pared que me señalaba y vi detenidamente el cuadro colgado sobre esta. Era una pintura extraña; solo una gran pradera de un color apagado casi grisáceo y sobre esta, un delgadísimo puente extendíéndose hacia el infinito a varias decenas de metros sobre el suelo. Aquello era un paisaje que evocaba una soledad grandisima pero esas eran el tipo de cosas que le gustaban a ella y sin duda el cuadro que ahora miraba y el que había visto enrollado dentro de su tubo telescópico eran el mismo.
-¿Y bien? - Pregunto ella. -¿Ya sabes de que hablo?
-No. -Reconocí.
Ella se sentó mirándome con las piernas muy juntas de modo que no dejaba entrever nada de su desnudez por debajo de mi camisa de cuadros rojos.
-Aquella que tenia en mi tubo era solamente una copia, una impresión de hecho. Esta que miras ahora mismo es el original.
En aquella ocasión no se me ocurrió pensar que me encontraba en presencia de una pintura valuada en casi un millón de dolares ni en la forma adecuada de preguntarle a ella como la había conseguido; no fue hasta muy después cuando ya había abandonado su apartamento y caminaba rumbo a mi casa cuando aquellas cosas cayeron pesadamente sobre mi mente que hasta entonces había estado completamente desocupada llena de pensamiento como la nieve: fríos y blancos.

Confieso que me da un consuelo y una tranquilidad infinita el saber que puedo pegarme un tiro