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sábado, 27 de enero de 2018

Dos mil dieciseis.

Minete se dedica a morderme la frente, lo digo de la manera mas literal posible, tengo ahora mismo la marca inconfundible de sus dientes en la barbilla, los dedos de mi mano y ahora también en la frente.
Mientras lo hace cuenta con sus manos cosas que nunca he acabado de entender. Cuando Minete me muerde me muestra sin quererlo una faceta suya que no me ha enseñado las suficientes veces como para acostumbrarme a ella. La Minete que me muerde cariñosamente hasta sacarme sangre es alguien con la guardia completamente abajo, podría tomarla de los hombros y empujarla hasta hacerla caer y ponerme encima de ella sin ningún esfuerzo, podría decirle algo indebido y hacerle daño, podría verla llorar, pero ahora que la veo reír sencillamente no me atrevo a moverme.
No siento nada particularmente fuerte por Minet, no es que no la quiera pero definitivamente no estoy enamorado de ella. No es que no la encuentre atractiva pero no me siento particularmente atraído sexualmente hacia su persona.
Ella ha sido siempre este gran muro de hierro en la lejanía, una montaña que a fuerza de la costumbre de contemplar de lejos he terminado por sacar de toda posibilidad y mas bien la he fijado como un elemento eterno del paisaje, en mi cabeza le he puesto tantas veces los atributos del hielo y el acero que la Minet tibia y risueña que me muerde no se siente como la Minet real.
Se siente como una farsa temporal y al ser falso y efímero carece de todo significado y de toda importancia.

Temo ademas que si me muevo o digo lo que sea, la farsa donde ahora estamos se rompa como hielo delgado y ambos caigamos sobre la realidad. Se siente falso, pero eso no quiere decir que no se sienta bien.

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