Y entonces me di cuenta. Acostado sobre la espalda bajo el cielo estrellado de mediados de diciembre, quizás fue el frío que entumía mis extremidades o la sensación de ser verdaderamente insignicante, sea cual haya sido la causa, mis procesos cognitivos se vieron estimulados de tal forma que en un instante, todo tuvo un orden y un sentido y se me revelo como una gran verdad universal aunque mi mente aturdida e inmadura se vio incapaz de comprenderla del todo en el instante, y cuando por fin lo hice me di cuenta de lo idiota que había sido.
Sonreí a las estrella de mediados de diciembre que había sobre mi cabeza y ellas me devolvieron la sonrisa. Pero no era una sonrisa alegre y cordial, sino mas bien la que le dedica un lobo hambriento a su presa, se me hizo aterrador, millones de puntos luminosos en el cielo observándome a la vez sin buenas intenciones visible. Entonces decidí que era hora de bajar de la azotea.
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