De ella conservo una decena de fotografías que nos tomamos juntos y por las que pagué demasiado y dos canciones que empezaron como peticiones suyas cuando ponia la música para ambientar el lugar y para que la rutina se nos fuera entre los dedos como granitos de arena.
Las fotos ya no me provocan nada más allá de ser el recordatorio de que pagué demasiado por ellas pero esas canciones aun me ponen a mover la cabeza y cantar al unísono sin que me evoquen su imagen ni las cosas que alguna vez albergue. Coreo esas canciones y bailo un poco asombrandome de mi nueva capacidad de desapego.
En mi pecho, el agujero que habita ahí se agrieta un poquito cuando lo rasco.
Se acaba el verano, y el calor es una presencia constante sobre los hombros.
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